La procrastinación como síntoma


Por Martina Rua * (Columnista invitada)

Es verdad que dilatar las obligaciones, ya sea la entrega de trabajos, el comienzo de
una dieta o una conversación sobre un tema que nos inquieta, no es algo exclusivo
que suframos los que trabajamos en casa. Sin embargo, la tenemos mucho más difícil
que quienes sienten la vigilancia focaultiana en la oficina. En casa, para bien y para
mal, nadie nos vigila y la procrastinación prolongada puede llevarse demasiadas horas
de nuestro día. A veces, sin que podamos darnos cuenta, y otras sin que podamos
evitarlo.

Sobre este tema entrevisté hace un par de semanas a Piers Steel, un psicólogo
canadiense, profesor de la Universidad de Calgary y autor de Procrastinación:
por qué dejamos para mañana lo que podemos hacer hoy
y de La ecuación
de la procrastinación
. En ese trabajó Steel condensó los aportes de más de
ochocientos estudios sobre el tema en una fórmula. Así la explica él: “(procrastinar) consiste en
una combinación de tres factores que intervienen cada vez que aplazamos algo: la
predisposición a valorar las necesidades inmediatas por encima de los planes a largo
plazo (impulsividad), el grado de confianza en alcanzar el objetivo (expectativas) y el
placer que nos proporcione realizar la tarea (valor). De ello se deduce que las tareas
que menos posponemos son aquellas que disfrutamos y que nos sentimos capaces de
hacer correctamente”, explica Piers, que se autodefine como un procrastinador crónico
recuperado.


Ante este fenómeno tan extendido (más del 95% de la población dilata sus
obligaciones en mayor o menor medida) Steel sostiene que más que un problema en
sí mismo, la procrastinación es el síntoma de otros problemas como el propio
perfeccionismo, la vulnerabilidad a las críticas negativas y el miedo al fracaso
.
En su libro El manual del procrastinador: el arte de hacer las cosas YA, Rita Emmett
asegura: “El temor a realizar una tarea consume más tiempo y energía que hacer la
tarea en sí. La evasión del deber no sólo aumenta la preocupación y procrastinación,
sino que produce sentimientos de culpa que impiden un verdadero disfrute del tiempo
libre”.

Este texto es una buena excusa para que los que hemos sufrido las consecuencias de
la procrastinación nos preguntemos ¿Cuáles son las verdaderas razones por las que
demoro mis obligaciones? ¿Qué se me juega en cumplirlas o no hacerlo?

Para mí las respuestas fueron reveladoras. Me ayudaron a no subestimar este mal
hábito y a entenderlo dentro de una dinámica compleja. Me ayudaron a verlo con más
claridad. Y dicen que verlo es el primer paso para combatirlo. Hacia allí voy. ;).

* Martina Rua (@marturua) es periodista y trabaja de manera independiente desde hace 8 años. Escribe sobre ciber cultura y tecnologías en distintos medios nacionales.

Si querés enviarnos una idea de columna hacelo a ideas@jomofis.com

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6 Comments

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  1. 2
    Daniel Collico Savio

    Buena nota Martina. A veces pienso que la procrastinación está ligada a una demora casi sexual que aumenta con la escala jerárquica. Hubo varias notas en los últimos meses sobre CEOs o prima donnas similares que demoraban hasta el último segundo, y para mi sorpresa estos artículos eran casi un elogio (“hum, con esta demora ganamos 1.2 m$, hum”).

    De este lado de la realidad y en mi propia home-office, aprendí que me jode mucho cuando me demoran una decisión, un mail, un ticket aéreo. Es algo muy básico en mi Maslow personal, soy feliz (y rindo más) cuando no me manejan los tiempos. Es lo único que añoro de la oficina, la capacidad de tener contexto, semblantear a alguien, y saber por qué no se toma una decisión.

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